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  • Victoria Melita de Sajonia-Coburgo-Gotha

    Victoria Melita de Sajonia-Coburgo-Gotha

    Fue duramente señalada cuando puso fin a uno de los matrimonios más importantes de la realeza europea, hasta el punto de que el propio zar Nicolás II llegó a escribir que incluso la muerte habría sido preferible a la desgracia de un divorcio. Desafió a su propia familia para casarse con el hombre al que amaba y terminó huyendo de Rusia con joyas cosidas dentro de su ropa.

    Pero detrás de los escándalos hubo también una mujer que perdió a una hija, vio desaparecer el mundo en el que había crecido y pasó años aferrada a la esperanza de que algún día pudiera ser restablecido. En sus últimos momentos, terminó profundamente herida por la traición del hombre por quien había arriesgado casi todo. Esta es su historia.

    INFANCIA Y FAMILIA

    Victoria Melita nació el 25 de noviembre de 1876 en el Palacio de San Antón, en Attard, Malta.

    Su segundo nombre, Melita, fue elegido en referencia a la isla donde había nacido. Era hija del príncipe Alfredo, duque de Edimburgo, segundo hijo varón de la reina Victoria y del príncipe Alberto. Su madre era la gran duquesa María Alexandrovna de Rusia, única hija superviviente del zar Alejandro II y de María de Hesse-Darmstadt.

    La gran duquesa María Alexandrovna de Rusia junto a su hija, la princesa Victoria Melita de Edimburgo, durante sus primeros meses de vida.

    Como nieta por línea paterna de la reina Victoria, recibió desde su nacimiento el tratamiento de Su Alteza Real y el título de princesa Victoria de Edimburgo. Dentro de su familia, sin embargo, todos la conocían por el apodo de “Ducky”. Fue bautizada el 1 de enero de 1877 en el Palacio de San Antón por un capellán de la Marina Real.

    Tras finalizar el servicio de Alfredo en Malta, la familia regresó a Inglaterra, donde pasó los siguientes años entre Clarence House, su residencia londinense frente al Palacio de Buckingham, y Eastwell Park, una extensa finca cerca de Ashford, en Kent.

    Sin embargo, aquella etapa en Inglaterra no duró mucho. En enero de 1886, poco después de que Victoria cumpliera nueve años, su padre fue nombrado comandante en jefe de la escuadra naval británica del Mediterráneo. La familia abandonó entonces Inglaterra y regresó a Malta, donde durante los siguientes tres años volvió a instalarse en el Palacio de San Antón, el mismo lugar en el que Victoria había nacido.

    La princesa Victoria Melita de Edimburgo durante su infancia.

    El matrimonio de los padres de Victoria estuvo lejos de ser feliz. Alfredo era un hombre reservado, emocionalmente distante de su familia, propenso a la bebida y también infiel a su esposa. Su carrera naval hacía, además, que pasara largos periodos alejado de sus hijos.

    Su madre tenía un carácter muy diferente. Era una mujer culta, independiente y estricta, poco dada a las demostraciones de afecto, pero profundamente dedicada a sus hijos y una figura fundamental en sus vidas.

    El príncipe Alfredo, duque de Edimburgo, y su esposa, la gran duquesa María Alexandrovna de Rusia.

    Victoria, por su parte, fue una niña tímida, seria y especialmente sensible. Su hermana Marie diría más tarde de ella: «Esta niña apasionada era a menudo incomprendida». También mostró desde pequeña talento para el dibujo y la pintura y aprendió a tocar el piano.

    De todos sus hermanos, fue precisamente con Marie con quien desarrolló una relación especialmente estrecha, que se mantendría durante toda su vida.

    Las princesas Victoria Melita y María de Edimburgo durante su infancia.

    El destino de la familia volvió a cambiar en 1889. El padre de Victoria se encontraba en la línea de sucesión del ducado alemán de Sajonia-Coburgo y Gotha, gobernado entonces por su tío Ernesto II, hermano mayor del difunto príncipe Alberto. Como el hermano mayor de Alfredo, el príncipe de Gales —futuro Eduardo VII— había renunciado a sus derechos sobre el ducado, Alfredo quedó como heredero presuntivo.

    Ante la posibilidad de que algún día tuviera que asumir el gobierno de Sajonia-Coburgo y Gotha, Alfredo trasladó a su familia a Coburgo. Para Victoria y sus hermanas, aquello supuso un cambio importante en su educación y en su forma de vida.

    María Alexandrovna estaba decidida a que sus hijas se adaptaran a su nueva patria. Contrató una institutriz alemana, comenzó a vestirlas con ropa mucho más sencilla y las hizo confirmar en la Iglesia luterana, aunque hasta entonces habían sido educadas como anglicanas.

    Durante su adolescencia, Victoria llamó la atención por su presencia. Un observador llegó a describirla como una muchacha con «la seguridad de una emperatriz», mientras que uno de sus biógrafos señalaría que, aunque no respondía por completo al ideal de belleza de entonces, tenía una figura elegante y una apariencia distinguida.

    La princesa Victoria Melita de Edimburgo.

    ENTRE KIRILL Y ERNESTO LUIS

    En 1891, Victoria viajó con su madre a Rusia para asistir al funeral de la gran duquesa Alexandra Georgievna, esposa de su tío materno, el gran duque Pablo Alexandrovich. Durante aquella visita conoció al gran duque Kirill Vladimirovich, uno de sus primos hermanos. Victoria tenía catorce años y entre ambos surgió muy pronto una fuerte atracción.

    El gran duque Kirill Vladímirovich de Rusia, en 1904.

    Sin embargo, aquel parentesco hacía muy difícil un posible matrimonio dentro de la Iglesia ortodoxa rusa. María Alexandrovna tampoco veía con buenos ojos la posibilidad de que su hija se casara con uno de los grandes duques Romanov. Cuando Victoria y sus hermanas comenzaron a mostrarse impresionadas por sus apuestos primos rusos, su madre llegó a advertirles que los grandes duques no eran buenos maridos.

    Por aquellos años comenzó también a plantearse el futuro matrimonial de Victoria. En el otoño de 1891, durante una visita a su abuela, la reina Victoria, en el castillo de Balmoral, coincidió con su primo Ernesto Luis de Hesse, heredero del gran ducado de Hesse y del Rin. Ambos compartían el gusto por el arte, disfrutaban de la compañía del otro y, curiosamente, habían nacido el mismo día.

    La reina Victoria observó la buena relación entre sus dos nietos y comenzó a ver con gran interés la posibilidad de un matrimonio entre ellos.

    EL MATRIMONIO CON ERNESTO LUIS

    Finalmente, Victoria y Ernesto cedieron a las expectativas de sus familias y se casaron el 19 de abril de 1894 en el castillo de Ehrenburg, en Coburgo. Ernesto ya era gran duque de Hesse y del Rin desde 1892, por lo que Victoria se convirtió desde ese momento en gran duquesa consorte.

    Victoria Melita y Ernesto Luis de Hesse el día de su boda, 19 de abril de 1894. Fotografía de James Russell & Sons.

    La boda reunió a buena parte de la realeza europea. Entre los asistentes se encontraban su abuela común, la reina Victoria; la emperatriz Federico de Alemania; el káiser Guillermo II y el príncipe de Gales, futuro Eduardo VII.

    Menos de un año después, el 11 de marzo de 1895, Victoria dio a luz a su primera hija, la princesa Isabel de Hesse y del Rin, a quien llamaban cariñosamente Ella. Cinco años más tarde, el 25 de mayo de 1900, tuvo un segundo embarazo que terminó con el nacimiento de un hijo sin vida.

    La princesa Isabel de Hesse, hacia 1901.

    Muy pronto quedó claro que Victoria y Ernesto eran profundamente incompatibles. Ella sufría por la falta de afecto de su marido, mientras que Ernesto volcaba gran parte de su atención en su hija Isabel. La niña, que físicamente se parecía a su madre, prefería claramente la compañía de su padre.

    Sin embargo, fuera de sus problemas matrimoniales, Victoria y Ernesto compartían el gusto por la vida social y organizaban frecuentes reuniones para sus amigos más jóvenes. Incluso tenían una regla no escrita: cualquiera que tuviera más de treinta años «era viejo y estaba fuera de juego». En aquellas reuniones se dejaba a un lado buena parte de la rígida etiqueta de la corte. Los invitados eran llamados por sus apodos y se les animaba a comportarse con libertad.

    Victoria, sin embargo, mostraba mucho menos entusiasmo por sus obligaciones públicas.

    Evitaba responder cartas, posponía las visitas a parientes de mayor edad cuya compañía no disfrutaba y, durante los actos oficiales, prefería conversar con quienes le resultaban entretenidos, incluso si eso significaba ignorar a personas de rango superior que consideraba aburridas.

    Su falta de interés por aquellos deberes provocaba frecuentes discusiones con Ernesto, y las peleas entre ambos llegaron a ser intensas e incluso físicas. Durante algunas de ellas, Victoria gritaba, arrojaba bandejas de té, rompía porcelana contra las paredes y lanzaba contra su marido cualquier objeto que tuviera a mano.

    En mayo de 1896 viajó a Rusia para asistir a la coronación del zar Nicolás II. Allí volvió a encontrarse con Kirill y la atracción que había surgido entre ellos años atrás se reavivó.

    El matrimonio de Victoria y Ernesto sufrió un nuevo y grave revés en 1897. Al regresar de una visita a su hermana Marie, Victoria afirmó haber sorprendido a Ernesto en la cama con un sirviente. Nunca hizo pública aquella acusación, pero llegó a decir a un familiar cercano que «ningún muchacho estaba a salvo, desde los mozos de cuadra hasta los ayudantes de cocina. Se acostaba abiertamente con todos ellos».

    La reina Victoria terminó enterándose de la gravedad de los problemas matrimoniales a través de Sir George Buchanan, encargado de negocios británico en Darmstadt. Aunque la situación la entristeció profundamente, se negó a aceptar un divorcio entre sus nietos, principalmente por la hija de ambos, Isabel.

    Mientras su matrimonio con Ernesto continuaba deteriorándose, Victoria sufrió dos pérdidas familiares especialmente duras. En enero de 1899, su único hermano varón, Alfredo, príncipe heredero de Sajonia-Coburgo y Gotha, se disparó en medio de una profunda crisis. Sobrevivió inicialmente, pero murió pocos días después, el 6 de febrero, con apenas 24 años.

    Alfredo, príncipe heredero de Sajonia-Coburgo y Gotha.

    La tragedia golpeó profundamente a toda la familia y agravó todavía más la ya difícil relación entre sus padres. Poco después, la salud del duque Alfredo también comenzó a deteriorarse. En 1900 le diagnosticaron un cáncer de garganta avanzado y murió el 30 de julio de ese mismo año, a los 55 años.

    EL DIVORCIO Y LA MUERTE DE SU HIJA

    Los intentos por salvar el matrimonio de Victoria y Ernesto fracasaron. Cuando la reina Victoria murió en enero de 1901, desapareció además uno de los principales obstáculos que impedían a ambos poner fin definitivamente a su unión.

    La separación provocó un verdadero escándalo entre las casas reales europeas. El zar Nicolás II llegó a escribir a su madre que incluso la muerte habría sido preferible a «la desgracia general de un divorcio».

    Tras la separación, Victoria se instaló con su madre y repartió su tiempo entre Coburgo y la residencia de María Alexandrovna en la Riviera francesa. La ruptura también afectó profundamente a su hija Isabel.

    Victoria y Ernesto compartieron su custodia, de modo que la niña pasaba aproximadamente seis meses al año con cada uno.

    La tragedia llegó en noviembre de 1903. Isabel, que tenía apenas ocho años, se encontraba de visita con el zar Nicolás II y su familia en su pabellón de caza en Polonia cuando enfermó gravemente. Los médicos terminaron diagnosticándole una fiebre tifoidea virulenta.

    A medida que su estado empeoraba, los médicos aconsejaron que se avisara a Victoria. Sin embargo, el telegrama no llegó a tiempo. Cuando Victoria recibió la noticia definitiva de la muerte de su hija, ya se estaba preparando para viajar a Polonia con la esperanza de llegar hasta su lado.

    La muerte de Isabel fue un golpe devastador. Durante el funeral, Victoria se quitó la insignia de la Orden de Hesse que había recibido al casarse con Ernesto y la colocó dentro del ataúd de su hija. El gesto fue interpretado como una ruptura definitiva con la vida que había dejado atrás en Hesse.

    EL MATRIMONIO CON KIRILL

    Tras el divorcio, Victoria y Kirill continuaron viéndose durante las visitas de ella a Rusia. Pero los padres de Kirill, el gran duque Vladímir Alexandrovich y la gran duquesa María Pavlovna, se opusieron a que la relación entre ambos se hiciera más estrecha.

    María Pavlovna llegó incluso a proponerle a su hijo una solución mucho más cruda: que mantuviera a Victoria como amante, pero que se casara con otra mujer.

    Victoria Melita y el gran duque Kirill Vladímirovich de Rusia.

    Unos meses después estalló la guerra ruso-japonesa. Kirill, que era oficial de la Marina Imperial rusa, fue enviado al frente. En abril de 1904, mientras se encontraba a bordo del acorazado Petropavlovsk frente a Puerto Arturo, el buque chocó con una mina japonesa y explotó. Kirill fue uno de los pocos supervivientes.

    Tras ser enviado a San Petersburgo para recuperarse, Nicolás Segundo terminó concediéndole permiso para abandonar Rusia. Kirill viajó entonces a Coburgo para reunirse con Victoria.

    La pareja se casó el 8 de octubre de 1905 en Tegernsee, Alemania. La ceremonia fue sencilla y contó únicamente con la presencia de la madre de Victoria, su hermana Beatriz, su amigo el conde Adlerburg y algunos miembros del servicio.

    La reacción del zar Nicolás Segundo fue inmediata. Como castigo por haberse casado sin su aprobación, retiró a Kirill su asignación imperial y lo expulsó de la Marina rusa. La zarina Alejandra tampoco ocultó su indignación. Se negó a recibir nuevamente a Victoria, a quien describió como «una mujer que se había comportado de manera tan vergonzosa», y tampoco quiso recibir a Kirill.

    Ante aquella ruptura con la corte rusa, la pareja se instaló en París, donde compró una casa cerca de los Campos Elíseos y vivió durante un tiempo gracias a los ingresos que recibía de sus respectivas familias.

    En enero de 1907, Victoria tomó una decisión importante: se convirtió a la Iglesia ortodoxa rusa y adoptó el nombre de Victoria Feodorovna. La decisión alegró profundamente tanto a Kirill como a su madre, María Alexandrovna.

    Solo tres días después nació la primera hija de la pareja, María Kirillovna, llamada así en honor a sus dos abuelas y conocida familiarmente como Masha.

    Dos años más tarde, en 1909, nació en París su segunda hija, Kira. Victoria y Kirill esperaban esta vez un hijo varón y no ocultaron su decepción cuando nació otra niña.

    Kirill con su esposa Victoria Melita y sus dos hijas, María y Kira (1922).

    Con el paso de los años, la situación de la pareja cambió. Varias muertes dentro de la familia imperial acercaron a Kirill a la sucesión al trono ruso y Nicolás II terminó restituyéndole sus derechos y reconociendo su matrimonio con Victoria. Ella recibió entonces el título de gran duquesa Victoria Feodorovna.

    En mayo de 1910, ambos regresaron a San Petersburgo. Sin embargo, su relación con Nicolás Segundo y la emperatriz Alejandra, de quienes era prima hermana, nunca llegó a ser cercana ni afectuosa.

    Victoria y Kirill llevaban una vida activa junto a sus hijas, María y Kira, y viajaban con frecuencia por las provincias bálticas. En el verano de 1914 se encontraban en aquella región, después de pasar parte de la temporada en su yate por el golfo de Finlandia, cuando el estallido de la Primera Guerra Mundial volvió a alterar por completo sus vidas.

    LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL Y LA REVOLUCIÓN RUSA

    Durante la Primera Guerra Mundial, Victoria trabajó como enfermera de la Cruz Roja y organizó una unidad de ambulancias motorizadas conocida por su eficiencia. Visitaba con frecuencia el frente cerca de Varsovia y en algunas ocasiones llegó a desempeñar sus funciones bajo fuego enemigo. Kirill también fue destinado a Polonia durante aquellos años.

    Al mismo tiempo, ambos compartían la profunda desconfianza de buena parte de la familia imperial hacia Grigori Rasputín y su influencia sobre Nicolás Segundo y la zarina Alejandra. Ella estaba convencida de que Rasputín podía aliviar mediante sus oraciones las crisis de hemofilia de su hijo Alexéi.

    Grigori Rasputín (1869-1916), figura influyente en la corte imperial rusa.

    Tras el asesinato de Rasputín en diciembre de 1916, Victoria y Kirill se unieron a otros miembros de la familia imperial para pedir a Nicolás Segundo clemencia hacia el gran duque Dmitri Pavlovich, uno de los implicados. El zar rechazó la petición.

    Después de una visita a Rumania, donde colaboró con labores de ayuda a las víctimas de la guerra y donde su hermana María era reina, Victoria regresó a Petrogrado en febrero de 1917. Kirill había sido nombrado comandante de la Guardia Naval. Aunque ambos seguían mostrando públicamente su lealtad al zar, en privado comenzaron a reunirse con otros miembros de la familia imperial para discutir cómo podía salvarse la monarquía, justo cuando la situación política en Rusia comenzaba a desmoronarse.

    En marzo de 1917, la Revolución de Febrero provocó la caída del régimen imperial y Nicolás Segundo se vio obligado a abdicar.

    Kirill tomó entonces una decisión que muchos Romanov considerarían una traición: condujo a sus hombres hasta la Duma, el parlamento ruso, y juró lealtad al nuevo Gobierno Provisional formado tras la caída del zar, convencido de que así podía ayudar a restablecer el orden y quizá preservar la monarquía. Victoria apoyó su decisión.

    LA HUIDA DE RUSIA

    Preocupados por su seguridad, Victoria y Kirill decidieron abandonar Rusia. Eligieron Finlandia, que todavía formaba parte del Imperio ruso, pero conservaba su propio gobierno y constitución, lo que les ofrecía cierta protección.

    El Gobierno Provisional les permitió marcharse, aunque les prohibió llevar consigo objetos de valor. Para evitar perderlo todo, la familia cosió algunas de sus joyas en la ropa, con la esperanza de que no fueran descubiertas durante el viaje. Finalmente se dirigieron a Haikko, una finca cercana a Porvoo, no lejos de Helsinki.

    En agosto de 1917, mientras la familia se encontraba en Finlandia, Victoria dio a luz a su único hijo varón, Vladimir Kirillovich, quien se convertiría en el heredero de la línea dinástica de Kirill.

    La situación, sin embargo, se volvió cada vez más difícil. Finlandia declaró su independencia de Rusia en diciembre de ese mismo año, y Victoria y Kirill permanecieron allí con la esperanza de que el movimiento blanco lograra imponerse en la guerra civil rusa. Poco a poco comenzaron a quedarse sin provisiones y tuvieron que recurrir a la ayuda de sus familiares.

    En julio de 1918 llegó una noticia que cambió por completo la situación de la dinastía. En la madrugada del 17 de julio, el zar Nicolás Segundo, la zarina Alejandra y sus cinco hijos fueron asesinados en Ekaterimburgo. Entre ellos se encontraba el zarévich Alexéi, heredero al trono ruso. La desaparición de la familia imperial alteró profundamente la línea sucesoria y acercó a Kirill todavía más a una posible reclamación del trono.

    El zar Nicolás II y la zarina Alejandra junto a sus cinco hijos.

    Durante aquellos meses, la situación de Victoria y su familia también se volvió cada vez más precaria. Llegó a pedir a su prima Margarita de Suecia que le enviara alimento para el pequeño Vladimir. Al mismo tiempo, comenzó a sentirse profundamente decepcionada con sus parientes británicos, convencida de que no habían hecho lo suficiente para ayudar a los Romanov.

    Victoria suplicó además a su primo, el rey Jorge Quinto, que ayudara a los rusos blancos a recuperar Rusia. Lord Acton, ministro británico en Helsinki, escribió entonces que la revolución había dejado una profunda huella en ella: la encontró «envejecida y maltrecha» después de todo lo que había sufrido.

    EL EXILIO Y LAS ASPIRACIONES IMPERIALES

    En el otoño de 1919, tras más de dos años de dificultades en Finlandia, abandonaron el país y viajaron a Alemania, donde se reunieron con la madre de Victoria. Poco después, la familia se trasladó a Zúrich.

    Tras la muerte de María Alexandrovna en 1920, Victoria heredó varias de sus propiedades, entre ellas una villa en Niza y su residencia en Coburgo.

    Durante su estancia en Alemania, Victoria comenzó además a mostrar interés por el naciente Partido Nazi, atraída principalmente por su fuerte postura antibolchevique y por la esperanza de que pudiera favorecer una restauración de la monarquía rusa.

    En 1923, Kirill sufrió una crisis nerviosa y Victoria permaneció a su lado hasta que se recuperó. Lejos de abandonar sus aspiraciones, ella continuó alentándolo en su deseo de restaurar la monarquía rusa.

    En 1924, Kirill publicó un manifiesto en el exilio proclamándose emperador de todas las Rusias. Su pretensión, sin embargo, no fue aceptada por todos los Romanov y provocó una profunda división entre ellos.

    Ese mismo año, Victoria viajó a Estados Unidos con la esperanza de conseguir apoyo para una restauración monárquica en Rusia, pero obtuvo muy poca respuesta. Aun así, continuó trabajando por la causa de su marido e incluso llegó a vender algunas de sus propias obras para ayudar a financiar a la familia.

    A mediados de la década de 1920, Victoria comenzó también a preocuparse por el futuro de sus hijos. Su hija mayor, María, se casó el 25 de noviembre de 1925 con Karl, príncipe heredero de Leiningen, en una ceremonia celebrada precisamente el día en que Victoria cumplía 49 años.

    La gran duquesa María Kiríllovna de Rusia, hija de Victoria Melita, junto a su esposo, el príncipe Carlos de Leiningen, el día de su boda, 25 de noviembre de 1925.

    Al año siguiente, Victoria estuvo junto a su hija cuando nació su primer hijo, Emich Kirill, convirtiéndose por primera vez en abuela.

    Por aquellos mismos años, Alemania comenzó a estrechar relaciones con Moscú, y la presencia de Kirill y Victoria, que seguían reclamando derechos sobre el trono ruso, se volvió cada vez más incómoda para las autoridades. Aunque el gobierno bávaro se negó a expulsarlos, la pareja decidió establecerse definitivamente en Francia.

    LOS ÚLTIMOS AÑOS DE VICTORIA MELITA

    En el verano de 1926 se trasladaron a Saint-Briac, en la costa de Bretaña, donde ya habían pasado temporadas anteriormente. Allí compraron una casa a la que llamaron Villa Victoria. La tranquilidad y el aislamiento del lugar les ofrecieron la privacidad y seguridad que buscaban, y durante los años siguientes llevaron allí una vida mucho más apartada.

    Victoria fue especialmente protectora con su hijo Vladimir, en quien depositaba buena parte de sus esperanzas para el futuro de la dinastía. Preocupada por su seguridad, no permitió que asistiera a una escuela y prefirió educarlo en casa con tutores, siguiendo en lo posible el modelo con el que habían sido criados los grandes duques Romanov antes de la revolución.

    También se negó a orientarlo hacia una profesión convencional, convencida de que debía ser preparado para el papel dinástico que algún día podía corresponderle.

    En Saint-Briac, Victoria y Kirill llevaron durante algunos años una vida relativamente tranquila. Sin embargo, comenzaron a circular rumores de que Kirill viajaba a París en busca de alguna aventura ocasional. En 1933, Victoria supo que su marido le había sido infiel. La noticia la devastó y, aunque intentó mantener las apariencias por el bien de sus hijos, nunca consiguió perdonar por completo la traición.

    En febrero de 1936, poco después de asistir al bautizo de su quinta nieta, Matilde de Leiningen, hija de María Kirillovna, Victoria sufrió un derrame cerebral.

    Familiares y amigos acudieron a su lado, pero su estado era irreversible. Cuando su hermana María llegó para verla, le preguntaron a Victoria si se alegraba de que hubiera venido. Con dificultad respondió: «Eso lo cambia todo». María escribiría después que, en cambio, Victoria se estremecía cuando Kirill intentaba tocarla.

    Victoria murió pocos días después, a los 59 años. Tras su muerte, María escribió sobre ella: «Todo fue trágico más allá de lo imaginable, un final trágico para una vida trágica». Recordó que incluso desde niña había percibido en ella una profunda tristeza, pero añadió que toda la familia la había amado enormemente y que Victoria había sido, en sus palabras, «nuestra conciencia».

    Victoria fue enterrada inicialmente en el mausoleo de la familia ducal, en el cementerio de Glockenberg, en Coburgo. Décadas después, el 7 de marzo de 1995, sus restos fueron trasladados al Mausoleo Gran Ducal de la Fortaleza de Pedro y Pablo, en San Petersburgo.

    Kirill se sintió profundamente solo tras su muerte. En 1938, el matrimonio de su hija Kira con Luis Fernando, príncipe de Prusia, le dio uno de sus últimos momentos de alegría, pues veía aquella unión como el encuentro de dos antiguas dinastías. Sin embargo, Kirill murió el 12 de octubre de 1938, poco más de dos años después de Victoria.

  • Princesa Elena del Reino Unido

    Princesa Elena del Reino Unido

    Desde muy joven, la princesa Elena fue juzgada con dureza por su aspecto y terminó casándose con un hombre 15 años mayor por decisión de su madre. Con el tiempo, sus problemas de salud la llevaron a depender de sustancias utilizadas entonces como medicamentos, mientras la propia reina Victoria llegó a considerarla hipocondríaca y a minimizar algunas de sus dolencias. Luego vendrían pérdidas familiares, conflictos dentro de la corte y una guerra que colocaría a miembros de su propia familia en bandos enemigos. Después de haber pasado gran parte de su vida cerca del centro de la monarquía, sus últimos años estarían marcados por un creciente aislamiento. Esta es su historia.

    EL DIFÍCIL NACIMIENTO DE ELENA

    La princesa Elena nació a las 3 de la tarde del 25 de mayo de 1846 en el palacio de Buckingham. Fue la quinta de los nueve hijos de la reina Victoria y el príncipe Alberto, y la tercera de sus hijas. Su nacimiento ocurrió apenas un día después de que su madre cumpliera 27 años. El parto fue más difícil que los anteriores.

    «Considerablemente azul»
    Así describió Alberto a Elena recién nacida.

    Alberto escribió a su hermano Ernesto II que la recién nacida había llegado al mundo «considerablemente azul», aunque se recuperó rápidamente. También explicó que Victoria había sufrido durante más tiempo y con mayor intensidad que en sus partos anteriores.

    La familia real británica en 1846. Elena aparece como bebé junto a la reina Victoria, el príncipe Alberto y sus hermanos. Obra de Franz Xaver Winterhalter.

    El 25 de julio de 1846, Elena fue bautizada en la capilla privada del palacio de Buckingham con los nombres de Helena Augusta Victoria. Dentro de la familia, sin embargo, comenzaron a llamarla Helenchen, un diminutivo alemán que pronto se redujo a Lenchen, nombre con el que sus familiares la conocerían durante el resto de su vida.

    Desde pequeña, Lenchen mostró una personalidad extrovertida y de carácter fuerte. Cuando sus hermanos se burlaban de ella, no solía quedarse callada y llegó incluso a golpear en la nariz a quien la molestaba. También desarrolló una relación especialmente estrecha con su hermano Alfredo, con quien compartía el gusto por las actividades al aire libre.

    En 1848, tras el nacimiento de Luisa, Helena dejó de ser la hija menor y pasó a ser una de las de en medio. Con el tiempo, sus habilidades artísticas e intelectuales quedaron en segundo plano frente a las de algunas de sus hermanas.

    La princesa Elena junto a su hermana menor, la princesa Luisa, en 1860. Fotografía de John Jabez Edwin Mayall.

    LA MUERTE QUE CAMBIÓ SU JUVENTUD

    La educación de Elena estuvo a cargo de tutores privados elegidos por su padre, el príncipe Alberto, y por el barón Christian Friedrich Stockmar, consejero cercano de la familia real. Aprendió alemán y música, mostró desde niña habilidad para el dibujo y llegó a tocar el piano a un nivel muy alto.

    Sin embargo, Elena también desarrolló intereses poco habituales para una joven de la realeza de aquella época. Compartía con su padre una gran curiosidad por la ciencia, la tecnología y la mecánica. Durante los viajes familiares en los yates reales cerca de Osborne House, solía bajar bajo cubierta para observar el funcionamiento de las embarcaciones. También disfrutaba de la equitación y la navegación.

    Regordeta, poco elegante y con un marcado doble mentón.
    Descripción de Jerrold Packard sobre Elena hacia los 15 años.

    Durante su adolescencia, su aspecto físico comenzó a ser motivo de críticas. Hacia los 15 años, el biógrafo Jerrold Packard la describió como regordeta, poco elegante y con un marcado doble mentón. La comparación con sus hermanas tampoco la favorecía: mientras Luisa era considerada una de las bellezas de la familia, Elena era juzgada con mucha mayor dureza.

    Retrato de la princesa Elena realizado por Franz Xaver Winterhalter en 1861. Óleo sobre lienzo, Royal Collection.

    Poco después ocurrió el acontecimiento que marcaría profundamente su juventud. El 14 de diciembre de 1861, su padre, el príncipe Alberto, murió en el castillo de Windsor a los 42 años. Su muerte sumió a la reina Victoria en un duelo profundo y puso fin a la vida familiar que Elena había conocido hasta entonces. Apenas 5 días después, la familia se trasladó a Osborne House, en la isla de Wight.

    Poco más de un mes después, Elena expresó la magnitud de su dolor en una carta a su amiga Emily Maude:

    «Yo adoraba a Papá, lo amaba más que a nada en la tierra, su palabra era una ley sagrada, y él era mi ayuda y consejero… Estas horas fueron las más felices de mi vida, y ahora todo, todo ha terminado».
    — Princesa Elena, en una carta a Emily Maude, 20 de enero de 1862.

    EL ROMANCE PROHIBIDO

    Tras la muerte del príncipe Alberto, la reina Victoria se apartó drásticamente de la vida pública y comenzó a depender cada vez más de sus hijas. Confió a Alicia el papel de secretaria no oficial y, por edad, Elena habría sido la siguiente en ayudarla. Sin embargo, Victoria la consideró todavía incapaz de asumir aquella responsabilidad porque no podía pasar mucho tiempo sin romper a llorar por la muerte de su padre.

    En su lugar eligió a Luisa, que tenía apenas 13 años, mientras Elena tenía 15. La situación cambió tras el matrimonio de Alicia con el príncipe Luis de Hesse en 1862. Elena terminó convirtiéndose en secretaria no oficial de su madre, escribiendo cartas, ayudándola con su correspondencia política y haciéndole compañía durante sus largos periodos de aislamiento. Con el tiempo se volvió indispensable para Victoria, quien llegó a escribir en 1865:

    «No sé qué haría sin ella; se hace tan útil y es tan querida y atenta».

    Fotografía de Louis Joseph Ghémar, octubre de 1862. Royal Collection, RCIN 2908061.

    Durante aquellos años, Elena comenzó a desarrollar sentimientos por Carl Heinrich Ruland, un alemán que había llegado a la corte en 1859 para sustituir a Ernst Becker, secretario del príncipe Alberto. Más tarde se convirtió en bibliotecario del príncipe y también enseñaba alemán al príncipe de Gales, el futuro Eduardo VII, y a su hermano Alfredo. Tras la muerte de Alberto, Victoria decidió mantenerlo a su servicio.

    La cercanía entre Elena y Ruland terminó convirtiéndose en un romance. Aunque se desconoce hasta dónde llegó la relación, las cartas que sobrevivieron demuestran que sus sentimientos iban mucho más allá de una simple amistad. En 1863, Victoria descubrió la relación y reaccionó de forma fulminante: Ruland fue despedido de la corte y regresó a Alemania, poniendo fin de manera abrupta a su cercanía con Elena. Nunca volvió a recuperar el favor de la reina.

    Carl Heinrich Ruland, bibliotecario e historiador del arte de la corte británica.

    Después de aquel episodio, Victoria comenzó a buscar un esposo adecuado para su hija, decidida a evitar que una situación semejante volviera a repetirse.

    SU MADRE DECIDIÓ CON QUIÉN CASARLA

    La búsqueda de un esposo para Elena no resultó sencilla. Como hija intermedia de la reina, sus posibilidades de protagonizar una gran alianza dinástica eran más reducidas. A esto se sumaba la forma en que su propia madre juzgaba su apariencia.

    En una carta a su hija mayor, la princesa Victoria, la reina escribió que Elena era «útil, activa, inteligente y amable», pero añadió que no mejoraba en apariencia, que tenía grandes dificultades con su figura y que le faltaba elegancia en sus modales. Incluso llegó a considerarla una de sus hijas menos prometedoras.

    Victoria impuso además una condición fundamental: el futuro esposo de Elena debía estar dispuesto a vivir permanentemente en el Reino Unido y cerca de ella. Finalmente eligió al príncipe Cristián de Schleswig-Holstein, que tenía 34 años, 15 más que Helena, y podía establecerse en Gran Bretaña.

    El príncipe Cristián de Schleswig-Holstein (1831-1917), esposo de la princesa Elena del Reino Unido.

    La propuesta sorprendió incluso al propio Cristián. Cuando Victoria lo mandó llamar a Inglaterra, llegó a creer que la reina viuda estaba buscando un nuevo consorte para ella misma. Solo después descubrió que, en realidad, estaba siendo considerado como esposo para Elena.

    Pero su elección provocó un serio conflicto familiar. La familia de Cristián reclamaba derechos sobre Schleswig y Holstein, territorios que Dinamarca había perdido tras la Segunda Guerra de Schleswig de 1864. Alejandra, princesa de Gales e hija del rey Cristián IX de Dinamarca, se opuso firmemente al enlace y contó con el apoyo de su esposo, el príncipe de Gales.

    Los príncipes de Gales, Alejandra y Alberto Eduardo, futuro Eduardo VII, en 1865.

    Alicia también rechazó el matrimonio, aunque por una razón diferente: creía que su madre estaba sacrificando el futuro de Elena para mantenerla cerca. La tensión llegó a ser tan fuerte que el príncipe de Gales se negó inicialmente a asistir a la boda.

    Elena, sin embargo, estaba decidida a casarse con Cristián y había desarrollado un sincero afecto por él. El compromiso se anunció el 5 de diciembre de 1865 y la boda se celebró el 5 de julio de 1866 en la capilla privada del castillo de Windsor. Tras la ceremonia, los recién casados emprendieron su luna de miel por París, Interlaken y Génova.

    DOS EMBARAZOS, DOS TRAGEDIAS

    Tras su matrimonio, Elena y Cristián se instalaron primero en Frogmore House y, en 1872, trasladaron su hogar a Cumberland Lodge, en Windsor Great Park. Durante sus estancias en Londres se alojaban en el palacio de Buckingham.

    A pesar de las fuertes críticas que había provocado el enlace, Elena y Cristián desarrollaron una relación estrecha y estable que se prolongaría durante más de 50 años. Cristián aparentaba incluso más edad de la que tenía y, durante la boda, un invitado llegó a comentar que Helena parecía estar casándose con «un tío anciano».

    Elena y Cristián de Schleswig-Holstein el día de su boda, 5 de julio de 1866.

    Entre 1867 y 1872 nacieron sus cuatro primeros hijos: Cristián Víctor, Alberto, Elena Victoria y María Luisa. Pero durante aquellos mismos años la salud de Elena comenzó a deteriorarse. En 1869 tuvo que cancelar un viaje a Balmoral después de enfermar en la estación de ferrocarril; al año siguiente padeció un fuerte reumatismo y, en 1871, sufrió una grave congestión pulmonar.

    Para aliviar sus constantes dolencias, terminó desarrollando una dependencia del opio y del láudano. Sus dos últimos embarazos terminaron en tragedia. Harald, nacido en mayo de 1876, murió apenas 8 días después. Al año siguiente Elena volvió a dar a luz, pero el niño nació muerto tras un parto extremadamente difícil.

    La reina Victoria escribió que su hija, agotada, preguntaba repetidamente si el bebé estaba vivo, aunque nunca llegó a respirar. Victoria, sin embargo, llegó a considerar a Elena hipocondríaca y creía que Cristián agravaba el problema al ser un marido demasiado indulgente. También se quejó de que su hija tendía a mimarse demasiado y a ceder ante la enfermedad. Apenas 8 días después del parto de 1877, escribió a su médico que Elena era «muy propensa a quedarse en cama» y pidió que la hicieran levantarse cuanto antes.

    ELENA CONTRA FLORENCE NIGHTINGALE

    Elena encontró en la asistencia sanitaria una de sus principales áreas de trabajo. En 1870, durante la guerra franco-prusiana, se convirtió en presidenta del Comité de Damas de la Cruz Roja Británica, colaborando en el reclutamiento de enfermeras y en la organización de suministros para los soldados heridos.

    Dos años después asumió la presidencia de la recién creada Escuela de Costura de Arte, fundada para recuperar el bordado artístico y ofrecer empleo a mujeres que habían quedado sin medios para mantenerse. Elena participó activamente en la búsqueda de fondos y la institución acabaría convirtiéndose en la Real Escuela de Bordado.

    Pero fue en la enfermería donde protagonizó una de sus mayores luchas. En 1887 se convirtió en la primera presidenta de la Asociación de Enfermeras Británicas y respaldó la creación de un registro de enfermeras cualificadas y una formación mínima común.

    La propuesta la colocó en el lado opuesto de Florence Nightingale, quien consideraba que la calidad de una enfermera no podía decidirse únicamente mediante exámenes. En 1888, Nightingale llegó a advertir del riesgo de convertir la enfermería en un simple «negocio de libros y exámenes».

    Florence Nightingale (1820-1910), pionera de la enfermería moderna. Fotografía de Henry Hering, hacia 1856-1857.

    Elena, sin embargo, mantuvo su apoyo al registro. En 1891 la asociación recibió el título de «Real» y, en 1893, obtuvo una Carta Real que le dio reconocimiento oficial y le permitió mantener su propia lista de enfermeras cualificadas. Sin embargo, el registro estatal que Elena apoyaba no llegaría hasta 1919, cuando el Parlamento aprobó la Ley de Registro de Enfermeras.

    LAS CARTAS QUE DESATARON UN CONFLICTO

    Además de su labor pública, Elena mostró un fuerte interés por la traducción. En 1867 colaboró en la biografía oficial de su padre traduciendo del alemán al inglés varias de sus cartas. El autor, sir Charles Grey, destacó la «sorprendente fidelidad» de su trabajo.

    En 1878, Elena sufrió la pérdida de su hermana Alicia, fallecida de difteria en Darmstadt. Mientras continuaba trabajando como traductora, en 1882 publicó la versión inglesa de un manual alemán de primeros auxilios.

    Un año después, la figura de Alicia volvió a ocupar un lugar central en su trabajo. Karl Sell publicó en Alemania una biografía de la princesa acompañada por una selección de sus cartas, y Elena decidió preparar la edición inglesa, traduciendo la biografía y añadiendo un breve prefacio.

    Las princesas Alicia y Elena del Reino Unido, hijas de la reina Victoria, en febrero de 1860.

    Pero la publicación estuvo a punto de verse frenada por un conflicto de derechos de autor. El editor alemán Arnold Bergsträsser afirmó tener derechos sobre la recopilación de las cartas y exigió retrasar la edición británica. Elena y la reina Victoria rechazaron sus exigencias, que llegaron a calificar de:

    «injustificadas, por no decir impertinentes».

    Finalmente se alcanzó un acuerdo y el libro fue publicado en 1884. La primera edición se agotó casi de inmediato. Para evitar nuevos conflictos, en la segunda edición Elena sustituyó la biografía de Karl Sell por unas memorias sobre Alicia escritas por ella misma. Su trabajo como traductora continuó y, en 1887, publicó también su versión inglesa de las memorias de Guillermina, margravina de Bayreuth.

    EL MATRIMONIO QUE TERMINÓ EN ESCÁNDALO

    En julio de 1891, Elena vio casarse a su hija María Luisa con el príncipe Aribert de Anhalt, en un enlace favorecido por su primo, el emperador Guillermo II. Pero el matrimonio pronto comenzó a deteriorarse. María Luisa y Aribert tenían poco en común y llegaron a pasar varios días sin verse incluso viviendo bajo el mismo techo. Él prefería sus obligaciones militares y la compañía de sus camaradas, mientras ella quedaba cada vez más aislada. También comenzaron a circular fuertes rumores sobre la posible atracción de Aribert hacia otros hombres.

    La princesa María Luisa de Schleswig-Holstein, junto a su esposo, el príncipe Aribert de Anhalt, en julio de 1891.

    Apenas unos meses después, en diciembre de 1891, Cristián sufrió un grave accidente durante una cacería de faisanes en Osborne. Su cuñado, el príncipe Arturo, duque de Connaught, disparó contra una de las aves y varios perdigones alcanzaron accidentalmente su rostro. Su ojo izquierdo quedó destrozado y tuvo que ser extirpado.

    La reina Victoria reaccionó con horror ante la operación. Su médico personal, sir James Reid, escribió que la soberana hablaba como si los doctores quisieran realizarla «por su propio placer brutal». Finalmente aceptó la intervención, pero ordenó que no volvieran a mencionarle el asunto.

    Cristián recibió después un ojo de vidrio y terminó desarrollando un peculiar sentido del humor sobre su prótesis, llegando incluso a poseer varios ojos artificiales de distintos aspectos.

    Nueve años después, el matrimonio de María Luisa llegó a su fin. En diciembre de 1900, mientras viajaba por Estados Unidos y Canadá, recibió un telegrama de su suegro ordenándole regresar a Dessau. Poco después llegó otro mensaje, esta vez de la reina Victoria: «Dígale a mi nieta que vuelva a casa conmigo».

    Las sospechas sobre la vida privada de Aribert volvieron entonces a cobrar fuerza y llegó a circular que había sido descubierto en una situación comprometida con un asistente masculino. Finalmente, Aribert pidió a su padre, el duque Federico de Anhalt, que utilizara sus poderes como soberano para poner fin al matrimonio. La unión fue disuelta el 13 de diciembre de 1900, sin el consentimiento de María Luisa.

    Ella continuó considerando sagrados sus votos matrimoniales y nunca volvió a casarse. Su tío, el príncipe de Gales, futuro Eduardo VII, resumió con crudeza el fracaso del matrimonio: «Pobre Louise, ha regresado como se fue: virgen».

    DOS PÉRDIDAS DEVASTADORAS

    En abril de 1900, Alberto, segundo hijo varón de Elena, tuvo una hija fuera del matrimonio, cuya existencia permaneció oculta al público durante años.

    El príncipe Alberto de Schleswig-Holstein (1869-1931), con uniforme militar.

    Apenas 6 meses después, Elena sufrió una de las pérdidas más dolorosas de su vida. Su hijo mayor y favorito, Cristián Víctor, se encontraba sirviendo en Sudáfrica durante la Segunda Guerra Bóer. Allí enfermó de malaria y posteriormente desarrolló fiebre entérica. Murió en Pretoria el 29 de octubre de 1900, a los 33 años, justo cuando su familia esperaba su regreso a Inglaterra.

    Elena canceló inmediatamente todos sus compromisos. Cristián Víctor fue enterrado en Pretoria, cumpliendo su deseo de descansar junto a sus compañeros si moría durante la campaña.

    El príncipe Cristián Víctor de Schleswig-Holstein (1867-1900), hijo mayor de la princesa Elena del Reino Unido, con uniforme militar.

    Apenas unas semanas después, Elena sufrió otra pérdida devastadora. El 22 de enero de 1901, la reina Victoria murió en Osborne House a los 81 años. Elena había permanecido muy cerca de su madre durante sus últimos días.

    La reina Victoria tras su fallecimiento en Osborne House, isla de Wight, en enero de 1901.

    La última entrada del diario de Victoria, escrita apenas 9 días antes de su muerte, menciona repetidamente a «Lenchen» y termina registrando que la reina había estado firmando documentos y «dictando a Lenchen».

    La muerte de Victoria cambió profundamente la posición de Elena dentro de la familia. Su hermano Eduardo VII no mantenía con ella la misma cercanía que había tenido su madre, mientras que la reina Alexandra tampoco había olvidado las tensiones provocadas décadas atrás por su matrimonio con Cristián. Elena quedó más apartada de la vida familiar de la nueva corte, aunque continuó cumpliendo compromisos públicos en representación de la monarquía.

    Con la llegada de Eduardo VII al trono, la posición de Elena dentro de la nueva corte cambió. La reina Alejandra insistió en sustituir a Elena al frente del principal servicio de enfermería militar. Elena terminó cediendo el puesto, aunque conservó la presidencia de la Reserva de Enfermería del Ejército.

    El rey Eduardo VII y la reina Alejandra con sus vestiduras de coronación, en 1902.

    En agosto de 1902, Eduardo VII le concedió una residencia propia en Londres, De Vesci House, en Pall Mall, que más tarde sería conocida como Schomberg House. En 1904, Elena viajó con su hija Elena Victoria a Sudáfrica para visitar en Pretoria la tumba de Cristián Víctor. Durante el recorrido llegaron también a las cataratas Victoria y se convirtieron en las primeras huéspedes reales del recién inaugurado hotel Victoria Falls.

    Dos años después, Elena y Cristián viajaron a Alemania para representar a Eduardo VII en las bodas de plata de su sobrino, el emperador Guillermo II, y de su esposa Augusta Victoria.

    LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL

    El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 colocó a Elena en una situación especialmente difícil. Parte de su familia se encontraba en el bando alemán y su propio hijo Alberto servía en el ejército prusiano, aunque dejó claro que no combatiría contra el país de su madre.

    Durante la guerra, Elena y sus hermanas recibieron peticiones de familias británicas que buscaban noticias de soldados desaparecidos. Para intentar localizarlos, enviaban las solicitudes a su sobrina Margarita, princesa heredera de Suecia, aprovechando la neutralidad de aquel país para obtener información entre los dos bandos.

    En julio de 1916, Elena y Cristián celebraron 50 años de matrimonio, convirtiéndose en el primer matrimonio de la familia real británica en alcanzar sus bodas de oro desde Jorge III y la reina Carlota. Incluso en plena guerra, el emperador Guillermo II les envió un telegrama de felicitación a través de Margarita de Suecia.

    La princesa Elena y el príncipe Cristián de Schleswig-Holstein, el 5 de julio de 1916, día de sus bodas de oro.

    Un año después, el fuerte sentimiento antialemán provocado por la guerra alcanzó directamente a la familia real. El 17 de julio de 1917, Jorge V cambió oficialmente el nombre de la dinastía de Sajonia-Coburgo-Gotha a Casa de Windsor y abandonó los títulos y denominaciones alemanes. Elena y Cristián dejaron entonces de utilizar «de Schleswig-Holstein» y pasaron a ser conocidos simplemente como la princesa y el príncipe Cristián.

    Apenas 3 meses después, el 28 de octubre de 1917, Cristián murió en Schomberg House, en Londres, a los 86 años. Elena quedó viuda después de 51 años de matrimonio, aunque continuó vinculada a sus obras benéficas y participando en actos públicos.

    ÚLTIMOS AÑOS Y MUERTE

    Tras la muerte de Cristián, Elena continuó viviendo entre Schomberg House y Cumberland Lodge. Durante sus últimos años, algunos funcionarios intentaron que abandonara ambas residencias debido al costo de mantenerlas, pero Elena logró demostrar que tenía derecho a utilizarlas durante el resto de su vida.

    En 1921, su hijo Alberto heredó el título de duque de Schleswig-Holstein y se convirtió en jefe de aquella rama de la familia. Elena, mientras tanto, continuó apareciendo ocasionalmente en público.

    Una de sus últimas apariciones tuvo lugar en abril de 1923, durante la boda del príncipe Alberto, futuro Jorge VI, con Elizabeth Bowes-Lyon. Apenas unas semanas después, su salud empeoró tras padecer influenza.

    Elena murió de un ataque cardíaco en Schomberg House el 9 de junio de 1923, a los 77 años. Su funeral se celebró en la capilla de San Jorge del castillo de Windsor y sus restos fueron depositados inicialmente en la cripta real. En 1928 fueron trasladados al Cementerio Real de Frogmore, donde también descansarían su esposo Cristián y su pequeño hijo Harald.

    Schomberg House, en Pall Mall, Londres, residencia de la princesa Elena durante sus últimos años. Fotografía de 2005.