Fue duramente señalada cuando puso fin a uno de los matrimonios más importantes de la realeza europea, hasta el punto de que el propio zar Nicolás II llegó a escribir que incluso la muerte habría sido preferible a la desgracia de un divorcio. Desafió a su propia familia para casarse con el hombre al que amaba y terminó huyendo de Rusia con joyas cosidas dentro de su ropa.
Pero detrás de los escándalos hubo también una mujer que perdió a una hija, vio desaparecer el mundo en el que había crecido y pasó años aferrada a la esperanza de que algún día pudiera ser restablecido. En sus últimos momentos, terminó profundamente herida por la traición del hombre por quien había arriesgado casi todo. Esta es su historia.
INFANCIA Y FAMILIA
Victoria Melita nació el 25 de noviembre de 1876 en el Palacio de San Antón, en Attard, Malta.
Su segundo nombre, Melita, fue elegido en referencia a la isla donde había nacido. Era hija del príncipe Alfredo, duque de Edimburgo, segundo hijo varón de la reina Victoria y del príncipe Alberto. Su madre era la gran duquesa María Alexandrovna de Rusia, única hija superviviente del zar Alejandro II y de María de Hesse-Darmstadt.

Como nieta por línea paterna de la reina Victoria, recibió desde su nacimiento el tratamiento de Su Alteza Real y el título de princesa Victoria de Edimburgo. Dentro de su familia, sin embargo, todos la conocían por el apodo de “Ducky”. Fue bautizada el 1 de enero de 1877 en el Palacio de San Antón por un capellán de la Marina Real.
Tras finalizar el servicio de Alfredo en Malta, la familia regresó a Inglaterra, donde pasó los siguientes años entre Clarence House, su residencia londinense frente al Palacio de Buckingham, y Eastwell Park, una extensa finca cerca de Ashford, en Kent.
Sin embargo, aquella etapa en Inglaterra no duró mucho. En enero de 1886, poco después de que Victoria cumpliera nueve años, su padre fue nombrado comandante en jefe de la escuadra naval británica del Mediterráneo. La familia abandonó entonces Inglaterra y regresó a Malta, donde durante los siguientes tres años volvió a instalarse en el Palacio de San Antón, el mismo lugar en el que Victoria había nacido.

El matrimonio de los padres de Victoria estuvo lejos de ser feliz. Alfredo era un hombre reservado, emocionalmente distante de su familia, propenso a la bebida y también infiel a su esposa. Su carrera naval hacía, además, que pasara largos periodos alejado de sus hijos.
Su madre tenía un carácter muy diferente. Era una mujer culta, independiente y estricta, poco dada a las demostraciones de afecto, pero profundamente dedicada a sus hijos y una figura fundamental en sus vidas.

Victoria, por su parte, fue una niña tímida, seria y especialmente sensible. Su hermana Marie diría más tarde de ella: «Esta niña apasionada era a menudo incomprendida». También mostró desde pequeña talento para el dibujo y la pintura y aprendió a tocar el piano.
De todos sus hermanos, fue precisamente con Marie con quien desarrolló una relación especialmente estrecha, que se mantendría durante toda su vida.

El destino de la familia volvió a cambiar en 1889. El padre de Victoria se encontraba en la línea de sucesión del ducado alemán de Sajonia-Coburgo y Gotha, gobernado entonces por su tío Ernesto II, hermano mayor del difunto príncipe Alberto. Como el hermano mayor de Alfredo, el príncipe de Gales —futuro Eduardo VII— había renunciado a sus derechos sobre el ducado, Alfredo quedó como heredero presuntivo.
Ante la posibilidad de que algún día tuviera que asumir el gobierno de Sajonia-Coburgo y Gotha, Alfredo trasladó a su familia a Coburgo. Para Victoria y sus hermanas, aquello supuso un cambio importante en su educación y en su forma de vida.
María Alexandrovna estaba decidida a que sus hijas se adaptaran a su nueva patria. Contrató una institutriz alemana, comenzó a vestirlas con ropa mucho más sencilla y las hizo confirmar en la Iglesia luterana, aunque hasta entonces habían sido educadas como anglicanas.
Durante su adolescencia, Victoria llamó la atención por su presencia. Un observador llegó a describirla como una muchacha con «la seguridad de una emperatriz», mientras que uno de sus biógrafos señalaría que, aunque no respondía por completo al ideal de belleza de entonces, tenía una figura elegante y una apariencia distinguida.

ENTRE KIRILL Y ERNESTO LUIS
En 1891, Victoria viajó con su madre a Rusia para asistir al funeral de la gran duquesa Alexandra Georgievna, esposa de su tío materno, el gran duque Pablo Alexandrovich. Durante aquella visita conoció al gran duque Kirill Vladimirovich, uno de sus primos hermanos. Victoria tenía catorce años y entre ambos surgió muy pronto una fuerte atracción.

Sin embargo, aquel parentesco hacía muy difícil un posible matrimonio dentro de la Iglesia ortodoxa rusa. María Alexandrovna tampoco veía con buenos ojos la posibilidad de que su hija se casara con uno de los grandes duques Romanov. Cuando Victoria y sus hermanas comenzaron a mostrarse impresionadas por sus apuestos primos rusos, su madre llegó a advertirles que los grandes duques no eran buenos maridos.
Por aquellos años comenzó también a plantearse el futuro matrimonial de Victoria. En el otoño de 1891, durante una visita a su abuela, la reina Victoria, en el castillo de Balmoral, coincidió con su primo Ernesto Luis de Hesse, heredero del gran ducado de Hesse y del Rin. Ambos compartían el gusto por el arte, disfrutaban de la compañía del otro y, curiosamente, habían nacido el mismo día.
La reina Victoria observó la buena relación entre sus dos nietos y comenzó a ver con gran interés la posibilidad de un matrimonio entre ellos.
EL MATRIMONIO CON ERNESTO LUIS
Finalmente, Victoria y Ernesto cedieron a las expectativas de sus familias y se casaron el 19 de abril de 1894 en el castillo de Ehrenburg, en Coburgo. Ernesto ya era gran duque de Hesse y del Rin desde 1892, por lo que Victoria se convirtió desde ese momento en gran duquesa consorte.

La boda reunió a buena parte de la realeza europea. Entre los asistentes se encontraban su abuela común, la reina Victoria; la emperatriz Federico de Alemania; el káiser Guillermo II y el príncipe de Gales, futuro Eduardo VII.
Menos de un año después, el 11 de marzo de 1895, Victoria dio a luz a su primera hija, la princesa Isabel de Hesse y del Rin, a quien llamaban cariñosamente Ella. Cinco años más tarde, el 25 de mayo de 1900, tuvo un segundo embarazo que terminó con el nacimiento de un hijo sin vida.

Muy pronto quedó claro que Victoria y Ernesto eran profundamente incompatibles. Ella sufría por la falta de afecto de su marido, mientras que Ernesto volcaba gran parte de su atención en su hija Isabel. La niña, que físicamente se parecía a su madre, prefería claramente la compañía de su padre.
Sin embargo, fuera de sus problemas matrimoniales, Victoria y Ernesto compartían el gusto por la vida social y organizaban frecuentes reuniones para sus amigos más jóvenes. Incluso tenían una regla no escrita: cualquiera que tuviera más de treinta años «era viejo y estaba fuera de juego». En aquellas reuniones se dejaba a un lado buena parte de la rígida etiqueta de la corte. Los invitados eran llamados por sus apodos y se les animaba a comportarse con libertad.
Victoria, sin embargo, mostraba mucho menos entusiasmo por sus obligaciones públicas.
Evitaba responder cartas, posponía las visitas a parientes de mayor edad cuya compañía no disfrutaba y, durante los actos oficiales, prefería conversar con quienes le resultaban entretenidos, incluso si eso significaba ignorar a personas de rango superior que consideraba aburridas.
Su falta de interés por aquellos deberes provocaba frecuentes discusiones con Ernesto, y las peleas entre ambos llegaron a ser intensas e incluso físicas. Durante algunas de ellas, Victoria gritaba, arrojaba bandejas de té, rompía porcelana contra las paredes y lanzaba contra su marido cualquier objeto que tuviera a mano.
En mayo de 1896 viajó a Rusia para asistir a la coronación del zar Nicolás II. Allí volvió a encontrarse con Kirill y la atracción que había surgido entre ellos años atrás se reavivó.
El matrimonio de Victoria y Ernesto sufrió un nuevo y grave revés en 1897. Al regresar de una visita a su hermana Marie, Victoria afirmó haber sorprendido a Ernesto en la cama con un sirviente. Nunca hizo pública aquella acusación, pero llegó a decir a un familiar cercano que «ningún muchacho estaba a salvo, desde los mozos de cuadra hasta los ayudantes de cocina. Se acostaba abiertamente con todos ellos».
La reina Victoria terminó enterándose de la gravedad de los problemas matrimoniales a través de Sir George Buchanan, encargado de negocios británico en Darmstadt. Aunque la situación la entristeció profundamente, se negó a aceptar un divorcio entre sus nietos, principalmente por la hija de ambos, Isabel.
Mientras su matrimonio con Ernesto continuaba deteriorándose, Victoria sufrió dos pérdidas familiares especialmente duras. En enero de 1899, su único hermano varón, Alfredo, príncipe heredero de Sajonia-Coburgo y Gotha, se disparó en medio de una profunda crisis. Sobrevivió inicialmente, pero murió pocos días después, el 6 de febrero, con apenas 24 años.

La tragedia golpeó profundamente a toda la familia y agravó todavía más la ya difícil relación entre sus padres. Poco después, la salud del duque Alfredo también comenzó a deteriorarse. En 1900 le diagnosticaron un cáncer de garganta avanzado y murió el 30 de julio de ese mismo año, a los 55 años.
EL DIVORCIO Y LA MUERTE DE SU HIJA
Los intentos por salvar el matrimonio de Victoria y Ernesto fracasaron. Cuando la reina Victoria murió en enero de 1901, desapareció además uno de los principales obstáculos que impedían a ambos poner fin definitivamente a su unión.
La separación provocó un verdadero escándalo entre las casas reales europeas. El zar Nicolás II llegó a escribir a su madre que incluso la muerte habría sido preferible a «la desgracia general de un divorcio».
Tras la separación, Victoria se instaló con su madre y repartió su tiempo entre Coburgo y la residencia de María Alexandrovna en la Riviera francesa. La ruptura también afectó profundamente a su hija Isabel.
Victoria y Ernesto compartieron su custodia, de modo que la niña pasaba aproximadamente seis meses al año con cada uno.
La tragedia llegó en noviembre de 1903. Isabel, que tenía apenas ocho años, se encontraba de visita con el zar Nicolás II y su familia en su pabellón de caza en Polonia cuando enfermó gravemente. Los médicos terminaron diagnosticándole una fiebre tifoidea virulenta.
A medida que su estado empeoraba, los médicos aconsejaron que se avisara a Victoria. Sin embargo, el telegrama no llegó a tiempo. Cuando Victoria recibió la noticia definitiva de la muerte de su hija, ya se estaba preparando para viajar a Polonia con la esperanza de llegar hasta su lado.
La muerte de Isabel fue un golpe devastador. Durante el funeral, Victoria se quitó la insignia de la Orden de Hesse que había recibido al casarse con Ernesto y la colocó dentro del ataúd de su hija. El gesto fue interpretado como una ruptura definitiva con la vida que había dejado atrás en Hesse.
EL MATRIMONIO CON KIRILL
Tras el divorcio, Victoria y Kirill continuaron viéndose durante las visitas de ella a Rusia. Pero los padres de Kirill, el gran duque Vladímir Alexandrovich y la gran duquesa María Pavlovna, se opusieron a que la relación entre ambos se hiciera más estrecha.
María Pavlovna llegó incluso a proponerle a su hijo una solución mucho más cruda: que mantuviera a Victoria como amante, pero que se casara con otra mujer.

Unos meses después estalló la guerra ruso-japonesa. Kirill, que era oficial de la Marina Imperial rusa, fue enviado al frente. En abril de 1904, mientras se encontraba a bordo del acorazado Petropavlovsk frente a Puerto Arturo, el buque chocó con una mina japonesa y explotó. Kirill fue uno de los pocos supervivientes.
Tras ser enviado a San Petersburgo para recuperarse, Nicolás Segundo terminó concediéndole permiso para abandonar Rusia. Kirill viajó entonces a Coburgo para reunirse con Victoria.
La pareja se casó el 8 de octubre de 1905 en Tegernsee, Alemania. La ceremonia fue sencilla y contó únicamente con la presencia de la madre de Victoria, su hermana Beatriz, su amigo el conde Adlerburg y algunos miembros del servicio.
La reacción del zar Nicolás Segundo fue inmediata. Como castigo por haberse casado sin su aprobación, retiró a Kirill su asignación imperial y lo expulsó de la Marina rusa. La zarina Alejandra tampoco ocultó su indignación. Se negó a recibir nuevamente a Victoria, a quien describió como «una mujer que se había comportado de manera tan vergonzosa», y tampoco quiso recibir a Kirill.
Ante aquella ruptura con la corte rusa, la pareja se instaló en París, donde compró una casa cerca de los Campos Elíseos y vivió durante un tiempo gracias a los ingresos que recibía de sus respectivas familias.
En enero de 1907, Victoria tomó una decisión importante: se convirtió a la Iglesia ortodoxa rusa y adoptó el nombre de Victoria Feodorovna. La decisión alegró profundamente tanto a Kirill como a su madre, María Alexandrovna.
Solo tres días después nació la primera hija de la pareja, María Kirillovna, llamada así en honor a sus dos abuelas y conocida familiarmente como Masha.
Dos años más tarde, en 1909, nació en París su segunda hija, Kira. Victoria y Kirill esperaban esta vez un hijo varón y no ocultaron su decepción cuando nació otra niña.

Con el paso de los años, la situación de la pareja cambió. Varias muertes dentro de la familia imperial acercaron a Kirill a la sucesión al trono ruso y Nicolás II terminó restituyéndole sus derechos y reconociendo su matrimonio con Victoria. Ella recibió entonces el título de gran duquesa Victoria Feodorovna.
En mayo de 1910, ambos regresaron a San Petersburgo. Sin embargo, su relación con Nicolás Segundo y la emperatriz Alejandra, de quienes era prima hermana, nunca llegó a ser cercana ni afectuosa.
Victoria y Kirill llevaban una vida activa junto a sus hijas, María y Kira, y viajaban con frecuencia por las provincias bálticas. En el verano de 1914 se encontraban en aquella región, después de pasar parte de la temporada en su yate por el golfo de Finlandia, cuando el estallido de la Primera Guerra Mundial volvió a alterar por completo sus vidas.
LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL Y LA REVOLUCIÓN RUSA
Durante la Primera Guerra Mundial, Victoria trabajó como enfermera de la Cruz Roja y organizó una unidad de ambulancias motorizadas conocida por su eficiencia. Visitaba con frecuencia el frente cerca de Varsovia y en algunas ocasiones llegó a desempeñar sus funciones bajo fuego enemigo. Kirill también fue destinado a Polonia durante aquellos años.
Al mismo tiempo, ambos compartían la profunda desconfianza de buena parte de la familia imperial hacia Grigori Rasputín y su influencia sobre Nicolás Segundo y la zarina Alejandra. Ella estaba convencida de que Rasputín podía aliviar mediante sus oraciones las crisis de hemofilia de su hijo Alexéi.

Tras el asesinato de Rasputín en diciembre de 1916, Victoria y Kirill se unieron a otros miembros de la familia imperial para pedir a Nicolás Segundo clemencia hacia el gran duque Dmitri Pavlovich, uno de los implicados. El zar rechazó la petición.
Después de una visita a Rumania, donde colaboró con labores de ayuda a las víctimas de la guerra y donde su hermana María era reina, Victoria regresó a Petrogrado en febrero de 1917. Kirill había sido nombrado comandante de la Guardia Naval. Aunque ambos seguían mostrando públicamente su lealtad al zar, en privado comenzaron a reunirse con otros miembros de la familia imperial para discutir cómo podía salvarse la monarquía, justo cuando la situación política en Rusia comenzaba a desmoronarse.
En marzo de 1917, la Revolución de Febrero provocó la caída del régimen imperial y Nicolás Segundo se vio obligado a abdicar.
Kirill tomó entonces una decisión que muchos Romanov considerarían una traición: condujo a sus hombres hasta la Duma, el parlamento ruso, y juró lealtad al nuevo Gobierno Provisional formado tras la caída del zar, convencido de que así podía ayudar a restablecer el orden y quizá preservar la monarquía. Victoria apoyó su decisión.
LA HUIDA DE RUSIA
Preocupados por su seguridad, Victoria y Kirill decidieron abandonar Rusia. Eligieron Finlandia, que todavía formaba parte del Imperio ruso, pero conservaba su propio gobierno y constitución, lo que les ofrecía cierta protección.
El Gobierno Provisional les permitió marcharse, aunque les prohibió llevar consigo objetos de valor. Para evitar perderlo todo, la familia cosió algunas de sus joyas en la ropa, con la esperanza de que no fueran descubiertas durante el viaje. Finalmente se dirigieron a Haikko, una finca cercana a Porvoo, no lejos de Helsinki.
En agosto de 1917, mientras la familia se encontraba en Finlandia, Victoria dio a luz a su único hijo varón, Vladimir Kirillovich, quien se convertiría en el heredero de la línea dinástica de Kirill.
La situación, sin embargo, se volvió cada vez más difícil. Finlandia declaró su independencia de Rusia en diciembre de ese mismo año, y Victoria y Kirill permanecieron allí con la esperanza de que el movimiento blanco lograra imponerse en la guerra civil rusa. Poco a poco comenzaron a quedarse sin provisiones y tuvieron que recurrir a la ayuda de sus familiares.
En julio de 1918 llegó una noticia que cambió por completo la situación de la dinastía. En la madrugada del 17 de julio, el zar Nicolás Segundo, la zarina Alejandra y sus cinco hijos fueron asesinados en Ekaterimburgo. Entre ellos se encontraba el zarévich Alexéi, heredero al trono ruso. La desaparición de la familia imperial alteró profundamente la línea sucesoria y acercó a Kirill todavía más a una posible reclamación del trono.

Durante aquellos meses, la situación de Victoria y su familia también se volvió cada vez más precaria. Llegó a pedir a su prima Margarita de Suecia que le enviara alimento para el pequeño Vladimir. Al mismo tiempo, comenzó a sentirse profundamente decepcionada con sus parientes británicos, convencida de que no habían hecho lo suficiente para ayudar a los Romanov.
Victoria suplicó además a su primo, el rey Jorge Quinto, que ayudara a los rusos blancos a recuperar Rusia. Lord Acton, ministro británico en Helsinki, escribió entonces que la revolución había dejado una profunda huella en ella: la encontró «envejecida y maltrecha» después de todo lo que había sufrido.
EL EXILIO Y LAS ASPIRACIONES IMPERIALES
En el otoño de 1919, tras más de dos años de dificultades en Finlandia, abandonaron el país y viajaron a Alemania, donde se reunieron con la madre de Victoria. Poco después, la familia se trasladó a Zúrich.
Tras la muerte de María Alexandrovna en 1920, Victoria heredó varias de sus propiedades, entre ellas una villa en Niza y su residencia en Coburgo.
Durante su estancia en Alemania, Victoria comenzó además a mostrar interés por el naciente Partido Nazi, atraída principalmente por su fuerte postura antibolchevique y por la esperanza de que pudiera favorecer una restauración de la monarquía rusa.

En 1923, Kirill sufrió una crisis nerviosa y Victoria permaneció a su lado hasta que se recuperó. Lejos de abandonar sus aspiraciones, ella continuó alentándolo en su deseo de restaurar la monarquía rusa.
En 1924, Kirill publicó un manifiesto en el exilio proclamándose emperador de todas las Rusias. Su pretensión, sin embargo, no fue aceptada por todos los Romanov y provocó una profunda división entre ellos.
Ese mismo año, Victoria viajó a Estados Unidos con la esperanza de conseguir apoyo para una restauración monárquica en Rusia, pero obtuvo muy poca respuesta. Aun así, continuó trabajando por la causa de su marido e incluso llegó a vender algunas de sus propias obras para ayudar a financiar a la familia.
A mediados de la década de 1920, Victoria comenzó también a preocuparse por el futuro de sus hijos. Su hija mayor, María, se casó el 25 de noviembre de 1925 con Karl, príncipe heredero de Leiningen, en una ceremonia celebrada precisamente el día en que Victoria cumplía 49 años.

Al año siguiente, Victoria estuvo junto a su hija cuando nació su primer hijo, Emich Kirill, convirtiéndose por primera vez en abuela.
Por aquellos mismos años, Alemania comenzó a estrechar relaciones con Moscú, y la presencia de Kirill y Victoria, que seguían reclamando derechos sobre el trono ruso, se volvió cada vez más incómoda para las autoridades. Aunque el gobierno bávaro se negó a expulsarlos, la pareja decidió establecerse definitivamente en Francia.
LOS ÚLTIMOS AÑOS DE VICTORIA MELITA
En el verano de 1926 se trasladaron a Saint-Briac, en la costa de Bretaña, donde ya habían pasado temporadas anteriormente. Allí compraron una casa a la que llamaron Villa Victoria. La tranquilidad y el aislamiento del lugar les ofrecieron la privacidad y seguridad que buscaban, y durante los años siguientes llevaron allí una vida mucho más apartada.
Victoria fue especialmente protectora con su hijo Vladimir, en quien depositaba buena parte de sus esperanzas para el futuro de la dinastía. Preocupada por su seguridad, no permitió que asistiera a una escuela y prefirió educarlo en casa con tutores, siguiendo en lo posible el modelo con el que habían sido criados los grandes duques Romanov antes de la revolución.
También se negó a orientarlo hacia una profesión convencional, convencida de que debía ser preparado para el papel dinástico que algún día podía corresponderle.
En Saint-Briac, Victoria y Kirill llevaron durante algunos años una vida relativamente tranquila. Sin embargo, comenzaron a circular rumores de que Kirill viajaba a París en busca de alguna aventura ocasional. En 1933, Victoria supo que su marido le había sido infiel. La noticia la devastó y, aunque intentó mantener las apariencias por el bien de sus hijos, nunca consiguió perdonar por completo la traición.
En febrero de 1936, poco después de asistir al bautizo de su quinta nieta, Matilde de Leiningen, hija de María Kirillovna, Victoria sufrió un derrame cerebral.
Familiares y amigos acudieron a su lado, pero su estado era irreversible. Cuando su hermana María llegó para verla, le preguntaron a Victoria si se alegraba de que hubiera venido. Con dificultad respondió: «Eso lo cambia todo». María escribiría después que, en cambio, Victoria se estremecía cuando Kirill intentaba tocarla.
Victoria murió pocos días después, a los 59 años. Tras su muerte, María escribió sobre ella: «Todo fue trágico más allá de lo imaginable, un final trágico para una vida trágica». Recordó que incluso desde niña había percibido en ella una profunda tristeza, pero añadió que toda la familia la había amado enormemente y que Victoria había sido, en sus palabras, «nuestra conciencia».
Victoria fue enterrada inicialmente en el mausoleo de la familia ducal, en el cementerio de Glockenberg, en Coburgo. Décadas después, el 7 de marzo de 1995, sus restos fueron trasladados al Mausoleo Gran Ducal de la Fortaleza de Pedro y Pablo, en San Petersburgo.
Kirill se sintió profundamente solo tras su muerte. En 1938, el matrimonio de su hija Kira con Luis Fernando, príncipe de Prusia, le dio uno de sus últimos momentos de alegría, pues veía aquella unión como el encuentro de dos antiguas dinastías. Sin embargo, Kirill murió el 12 de octubre de 1938, poco más de dos años después de Victoria.

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